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Por: Javi Sánchez Glez

Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid y Master en Comunicación. Trabaja como consultor político e institucional en España y América Latina. También se desempeña como analista político en medios de toda Hispanoamérica.
@javisanchezglez en twitter

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Parece que es inevitable. Se va imponiendo en las democracias modernas las elecciones primarias entre la militancia como método para escoger candidatos dentro de los partidos o en los liderazgos internos. Cuando nos enfrentamos a una elección de este tipo por primera vez, debemos hacer frente a situaciones nuevas y complejas. En este artículo vamos a hacer repaso de algunas de ellas.

Una elección primaria tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, aunque resulte una obviedad. Por un lado moviliza al partido, mejora la competencia y el nivel de los candidatos, que además engrasan sus maquinarias electorales, pero también tiene sus cosas malas, sobre todo el enorme desgaste interno que puede provocar.

Cuando hablamos de primarias, estoy seguro de que muchos lo primero que pensamos es en Estados Unidos, retratado además en muchas películas y series. Es evidente que es un sistema que funciona muy bien, y que es parte importante dentro de los propios partidos. De hecho, el origen de las primarias se remonta al Movimiento Progresista de Estados Unidos, que pretendía introducir más competencia dentro de los partidos políticos a la hora de elegir sus candidatos. Este movimiento, representado por Robert La Follette, gobernador de Wisconsin desde 1901 hasta 1906, estableció las elecciones primarias por las que los votantes, en vez de los regidores del partido, tenían el derecho de elegir a sus candidatos. Hay países de Latinoamérica que empiezan a imponerlo como obligatorio, como Argentina o Ecuador, y en España se ha convertido ya en una costumbre inevitable. De hecho, hasta el Partido Popular, reacio siempre a este sistema ha empezado a utilizarlas para elegir a su nuevo líder.

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Cuando hablamos de elecciones primarias, lo hacemos de una elección distinta a una elección normal. El público al que nos dirigimos, en un sistema de primarias cerradas, suele ser el propio militante del partido. Esto es, nos dirigimos a un público muy informado, movilizado y que responde a intereses distintos que los de un elector normal externo. En unas primarias no tiene porqué ganar el mejor candidato, o el que mejor proyecto tiene o mejor campaña realiza. Muchas veces, quien gana es quien mejor hace “el trabajo interno” de convencer a quien puede convencer a muchos militantes.

Al mismo tiempo, esto hace que sea muy difícil medir o cuantificar el posible resultado en encuestas. Por ello, muchas veces el trabajo de estos candidatos y sus equipos se realiza a ciegas. No solo eso, muchas veces lo hacen con información falsa, ya que hay muchos que prometen su voto a varios candidatos por miedo a las posibles represalias que pueda encontrarse después. Porque ahí es donde encontramos una de las principales características de las primarias: quien vota lo hace pensando en su interés personal, y no en el mejor interés electoral para su partido. Es decir, se vota a aquel con quien uno considera que le va a ir mejor personalmente dentro del partido. Eso no cambia demasiado entre un sistema de primarias y uno más típico de congreso, en el que son los compromisarios quienes representan a los militantes o inscritos. Este es uno de los principales riesgos de estos sistemas de elección: el enorme peligro que conlleva generar clientelismos políticos, que provocan que gane las elecciones internas aquel que mejor sabe hacer los trabajos de fontanería. Aquel que mejor sabe gestionar las futuras promesas. Por eso, tradicionalmente quien sale como favorito en estos procesos suele ser aquel que maneja lo que solemos llamar el “aparato” del partido: quien tiene a su favor los cargos intermedios y los recursos.

Pero ojo, porque en este tipo de elecciones, cada vez más, encontramos sorpresas en los resultados. Por ejemplo, el Partido Socialista de España y las primarias ganadas por el ahora presidente Pedro Sánchez. A pesar de que su rival, la andaluza Susana Díaz, tenía a su favor a la mayoría de la gente que mandaba históricamente en el PSOE, el militante de base socialista hizo un voto contrario: precisamente buscando castigar a quien había ostentado el poder en el partido del puño y la rosa. Por eso, una regla de oro de una elección primaria debe ser la de no confiarse y no dar nada nunca por hecho. Como dicen en el fútbol, “no hay rival pequeño”.

Otra cuestión estratégica importante en las primarias es a la hora de modular el mensaje. Si nos dirigimos al militante del partido es muy posible que este sea bastante más radical que el votante de nuestro partido. Si el votante interno es de un partido de derechas, para ganar las primarias debe buscar un mensaje lo más de derechas posible, y si es de izquierdas lo mismo, pero al revés. El militante de base suele buscar mayor dureza y contundencia en el mensaje respecto al votante, que seguramente busque un perfil más centrado y menos ideologizado.

En cuanto a los aspectos negativos, sobre todo hay uno que destaca por encima de todos, y es el que menciona el título del artículo. Una elección primaria es muy posible que saque a la luz las guerras internas y discrepancias dentro del partido. Hace falta mucha cultura democrática y generosidad para salir de unas primarias y que tu partido se fortalezca en el proceso. En eso, como en tantas otras cosas, el mejor espejo dónde mirarse vuelve a ser Estados Unidos, que para algo nos llevan años de ventaja en estos procesos. En sus primarias se dan de golpes con todo. Y una vez han terminado y elegido candidato, se cierran filas en torno al escogido. Así debe de ser. Si se acepta participar en unas primarias, hay que hacerlo con todas las consecuencias y aceptar el juego democrático tal y como viene: se gane o se pierda. Si no, se pondrá en riesgo el futuro resultado electoral de nuestra formación por un exceso de peleas internas.

Como conclusión: cuando se enfrenta a una elección primaria, como siempre, es vital una correcta planificación y estrategia. Si no, el riesgo de fracasar será enorme. El futuro político de aquel que participa de un proceso de este tipo está en juego. Y quien sabe perder y manejar sus cartas, puede tener otras posibilidades en el futuro.

En resumidas cuentas, esto son las elecciones primarias, todo un proceso apasionante de guerra política (a la interna).

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