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Por: Marcel Lhermitte

Periodista, licenciado en Ciencias de la Comunicación y magíster en Comunicación Política y Campañas Electorales. Ha asesorado a candidatos y colectivos progresistas en decenas de campañas en Uruguay, Chile y Francia, fundamentalmente.

Twitter: @MLhermitte

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“Cuando me mezclaba con la multitud o iba a pie por las calles, todos los rostros se iluminaban, todas las bocas proclamaban su contento, todas las manos se tendían hacia mí. En un total de setenta días, vi a doce millones de franceses, recorrí cuarenta mil kilómetros, hablé seiscientas veces en reuniones más o menos oficiales, cuatrocientas veces desde lo alto de las tribunas, y estreché cien millares de manos”.

Estas palabras pertenecen al general Charles De Gaulle, y fueron publicadas en su libro Memorias de Esperanza. Están referidas a la campaña electoral que lo llevó a ser reelecto Presidente de Francia, en 1965, cuando le ganó en ballotage a François Mitterrand.

Eran otras épocas, sin duda. Años de propaganda política, donde el cine, la radio, la folletería y los mítines eran las principales herramientas de los candidatos para llegar con su mensaje a la ciudadanía.

Hoy, en tiempos de comunicación política y en la era del Homo Videns de Giovanni Sartori, los medios de comunicación –fundamentalmente la televisión– y las redes sociales han tomado un rol preponderante, incluso para algunos excluyentes.

Pero si bien hay que resaltar el peso y la importancia de los medios de comunicación masivos y las nuevas tecnologías en las campañas electorales, nada ha logrado aún ser más efectivo que ese apretón de manos mirando a los ojos al que se hacía referencia De Gaulle.

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El caso Pepe Mujica

Sin duda alguna que uno de los políticos más exitosos de nuestra historia contemporánea es el exmandatario uruguayo José Pepe Mujica, quien en su momento fue catalogado por algunos como el presidente más pobre del mundo, debido a que decidió vivir en las condiciones de la mayor parte de sus compatriotas.

No es tarea de este artículo realizar un análisis de la comunicación de Pepe Mujica, pero sí rescatar un elemento para su consideración: su campaña para las elecciones nacionales de 2004.

En ese año el Frente Amplio ganó las elecciones que lo llevaron por primera vez a la Presidencia de la República en Uruguay. Lo hizo con la mayor votación en primera vuelta que ha registrado un partido político en la historia de este país, el 50,45% de los votos emitidos.

La lista más votada fue la del Espacio 609, que encabezaba José Mujica como candidato a senador. La papeleta estuvo cerca de obtener la mitad de los votos frenteamplistas.

La campaña tuvo una particularidad, no contó con publicidad televisiva, mientras que las redes sociales aún no formaban parte de la comunicación ni de la planificación estratégica de los candidatos.

La pregunta es ¿por qué la gente decidió votar a Pepe Mujica a pesar de no hacer campaña televisiva? Pues bien, el éxito del expresidente radica en su capacidad política y en carisma, pero también en su estrategia de comunicación: las mateadas, el mano a mano, el contacto con la gente. Una labor de muchos años de militancia, de recorrer el país de punta a punta, siempre en contacto con la gente.

El Movimiento de Participación Popular, colectivo al que pertenece Mujica, promovía un formato de comunicación ciudadana al que denominaron “Mateadas”. Se trataba de una vieja herramienta rebautizada y adaptada a la idiosincrasia rioplatense. Ni más ni menos que pequeñas reuniones con los vecinos en donde, tomando unos mates, se conversaba con el político.

El lenguaje sencillo y fácil de decodificar, la comprensión de los problemas cotidianos de las personas, la capacidad de escucha y, como decía De Gaulle en la década del 60, el “estrechar manos” fueron cimentando el éxito del Pepe, que se vio coronado con su imperfección humana, con la constatación de que se trata de un par, de una persona similar a usted.

En momentos en donde el descrédito forma parte de la vida del sistema político, la ciudadanía reclama candidatos o gobernantes que no estén en un pedestal y desde ahí impartan órdenes, personas que sean capaces de intercambiar con los ciudadanos de a pie, que sean cercanos y que interpreten los problemas concretos por los que atraviesa la mayoría de la población.

Claro está que las campañas ciudadanas, de cercanía, no son exclusivas de Mujica, ni de nadie. Como muestra, recientemente en México, Andrés Manuel López Obrador, ganó las elecciones presidenciales, con una campaña que tuvo una diferencia sustancial con los demás candidatos: visitó personalmente los 2.446 municipios de su país.

Las campañas de cercanía siguen siendo vitales a la hora de realizar una campaña electoral, aunque tampoco ellas nos aseguran el éxito, pues también existen particularidades de los políticos que hacen que logren adaptarse a este tipo de planificación, o no.

Es habitual descubrir en una campaña que un candidato no se siente cómodo junto a la gente de los estratos socioeconómicos más bajos. Se ve claramente que estas iniciativas no forman parte de su identidad ni se encuentran dentro de su reputación (quizás el candidato no visite habitualmente zonas carenciadas). En estos casos no es bueno forzar al político, porque se nota, porque la gente no es tonta y porque ninguna de las partes lo merece.

Evidentemente que realizar una fuerte campaña de participación ciudadana, de cercanía con el electorado no descarta el uso de las nuevas tecnologías ni de los medios de comunicación. Al contrario. Hoy no se concibe una campaña profesional que no contemple todos los elementos y herramientas que nos facilite alcanzar los objetivos políticos trazados.

Es imprescindible, actualmente, –utilizando lenguaje bélico– bombardear a los electores con nuestro mensaje (medios de comunicación, redes sociales, y demás), pero recordemos que nunca se gana una guerra hasta tanto la infantería ingresa y toma el territorio

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