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Por: Fernando Mejorado

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Por ahora, solo se pelean entre ellos.

La vorágine del proceso electoral y el mismo temor de algunos candidatos de perder, ha hecho que sus campañas caigan en la desesperación y que olviden algo fundamental: el ciudadano.

El debate entre los candidatos presidenciales de México por estos días, se ha enfocado en lanzar acusaciones mutuas, en tildar al adversario de corrupto, de misógino o de tramposo. Se centra en hacer que la gente reflexione en quién es más o menos ignorante y quién se ha equivocado más.

No está presente en la comunicación de los candidatos, los equipos de campaña y sus partidos políticos la manera de cómo le van a hacer para transformarle la vida a las personas y a sus familias.

Tampoco está presente en discursos o pronunciamientos, la posición ideológica que los aspirantes presidenciales puedan tener respecto a los matrimonios entre personas del mismo sexo, la despenalización del uso de la marihuana, la ampliación de los derechos civiles y sociales, la eutanasia, penalización contra la violencia a animales domésticos y una mejor distribución de la pobreza.

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La estrategia de los políticos se reduce entonces, a luchar por ser percibidos por los ciudadanos como el menos peor y no con el objetivo de construir un mensaje que le diga a las personas como van a crear condiciones para que las familias tengan oportunidades, puedan mejorar su calidad de vida y ofrezcan a sus hijos la posibilidad de un futuro viable y sostenible.

Han olvidado ellos y sus estrategas, que el ciudadano es el origen y fin de la comunicación, que el político no es héroe, pero puede ser el benefactor que ayude a un padre o a una madre a alcanzar el sueño más grande de su vida: su familia.

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